La inevitable comparación entre la Convención y el Congreso: ¿La fábula de la tortuga y la liebre?

 

Con el borrador de la Nueva Constitución listo, 499 artículos propuestos; comisión de armonización en funcionamiento y el plebiscito de salida en algunos meses, el foco poco a poco se volcará nuevamente al Congreso. Inevitablemente haremos una comparativa entre la Constituyente y el Congreso. El ejercicio de confrontar ambas instituciones desde la perspectiva de los datos, más allá de las diferencias de opinión es necesario.

Llegar al borrador fue y sigue siendo un océano de datos, propuestas, votaciones en comisión y en pleno; rechazos, regreso a comisiones, modificaciones y regreso al pleno. No hay evento reciente en la historia de nuestro país que haya generado tanto impacto, no solo por la información que producen los convencionales, sino también por cómo se propaga en todas las esferas de la sociedad: medios de comunicación, gremios, familias, empresas y un largo etcétera.

La Constituyente domina la agenda y conversaciones desde el plebiscito del año pasado, para bien o para mal. Soy de los cree que esto transformará Chile, independiente de si se aprueba o rechaza. Modificará nuestro país porque las personas están expuestas a estímulos que antes no se daban y que hoy se ven exacerbados por las redes sociales y depende de cada una de nuestras burbujas la percepción que tengamos del proceso. Por eso, el volcarse por unos momentos a los datos, reconociendo que los números no implican calidad, es un visor diferente. Basta escuchar expertos constitucionalistas de ambos lados, una palabra muchas veces significa el otorgamiento o denegación de derechos. El debate cualitativo es infinito, como lo atestiguamos hoy.

Si el análisis lo llevamos a números, sorprende lo generado en 314 días de trabajo: 2.822 horas de video, que se traducen en 118 días de escucha continua. Esto equivale a alrededor de 4.3 terabytes de datos, es decir 6.088 cd’s apilados en una torre de 7,3 metros de altura (sin caja, para los nerds como yo).

Por otra parte, si viajo a Valparaíso y analizo las votaciones en el Pleno tanto de la Convención como del Congreso, la diferencia es abismante. Al revisar las votaciones de la Cámara, podemos ver que éstas han registrado un aumento con el paso de los años: en 2006 se realizaron un total de 726 votaciones en la Sala; en 2011, 1.089 y en 2021, 1.227. Los Convencionales tuvieron 4.492 votaciones en el Pleno, un número que supera las que registra la Cámara entre 2019 y 2022 (4.419 votaciones).

El número de votaciones no implica ni buenas o malas leyes. No es justo comparar peras con manzanas dirán algunos, pero estamos equiparando a 154 convencionales, la gran mayoría desconocidos y sin experiencia parlamentaria votando leyes y normas a un ritmo que al menos, deja una huella en la sociedad que no nos es indiferente.

Para qué hablar del costo de cada convencional (en referencia a su remuneración) versus el de un parlamentario: Los primeros ganan $2.608.050 bruto, mientras que los segundos, $7.012.388 (hasta julio de 2020 más de 9 millones de pesos). Claramente el trabajo de la Convención es subsidiado por muchos de los que están ahí (es un ritmo frenético de trabajo y votación, con recursos inferiores a los de la cámara de diputados). Nuevamente algunos dirán que no es confrontable, pero desde el precedente que marca, ¿es tan diferente?

Nuestra Constitución ha sido reformada 52 veces desde el regreso a la democracia hasta 2020. Estas enmiendas requirieron grandes acuerdos políticos y avanzaron en muchos casos a paso geológico. Entre julio de 2021 y mayo de 2022 la Convención debatió temas que durante décadas podrían haberse abordado por distintos gobiernos y el Congreso de turno. Y cabe destacar que al menos, bajo mi lente, pocas veces he visto al Congreso aprobar leyes tan rápido como los retiros, pero creo que es la excepción y por lo demás un ejemplo bien polémico.

Mi foco es que ganando el Apruebo o Rechazo en el Plebiscito de salida el próximo 4 de septiembre, el impacto de la Convención es algo innegable respecto del trabajo parlamentario y de cómo la sociedad interactúa con el poder legislativo. Independiente de la apreciación que tenga cada uno respecto al Congreso, es imperante que se recoja el guante y cambie la dinámica de trabajo. Dejando a un lado el contenido del borrador y evitando juicios ideológicos respecto de la labor desarrollada, creo que la Convención deja la vara alta en el ritmo, la presión y el sentido de urgencia.

Soy parte del público que espera se note un golpe de timón en la operación del Parlamento.

*Antonio Díaz-Araujo, es gerente general de Unholster y fundador de DecideChile.